Llevamos varios años sufriendo un auténtico cambio de paradigma en nuestra sociedad, el cual nos está haciendo dudar de la mayoría de las cosas que pensábamos estables: el sistema financiero y los bancos, los gobiernos y los políticos, la sociedad consumista, etc. Y estás dudas nos están llevando inexorablemente a que miremos hacia dentro e intentemos aferrarnos a algo verdaderamente válido para nosotros. Quizás por eso, estamos escuchando desde hace algún tiempo frases del tipo: “hay que volver a los viejos valores”, “no es una crisis de volver a tener sino de llegar a ser”, “lo importante en la vida es ser buena persona y honrado”, etc.

Es cierto que hace unos 10 años, comenzaron a implantarse en algunas compañías los primeros sistemas de dirección por valores y muchas otras se añadieron a la moda pensando que “si mi empresa no tiene unos valores estaré desfasado” “hemos de generarlos y colocarlos en la página web para que todo el mundo los vea”. Independientemente del motivo, por el cual muchas empresas decidieron buscar sus valores corporativos, lo cierto es que no generaban ningún mal en aquellas empresas en las que verdaderamente cambiaba algo, en otras se producía una pérdida de credibilidad de sus dirigentes al observar los trabajadores que tenían unos valores corporativos pero en el día a día se les trataba de una manera diferente.

A partir del 2003, cuando empezamos a vivir los años del desenfreno, del “todo vale”, de los negocios rápidos y lucrativos, comenzamos a sufrir una verdadera crisis de valores, donde algunas organizaciones parece que los guardaron en un cajón y se centraron en conseguir beneficios a toda costa: entidades bancarias, constructoras, empresas de servicios, etc. Durante una temporada parecía que, quien se entretenía con estos temas no hacía negocio y muchas compañías dieron la espalda a sus propios valores, escogidos unos años antes.

Con el sistema financiero hecho unos zorros, con la tremenda falta de confianza en la clase política y en algunas entidades públicas, con una sociedad que se ha acostumbrado al dolor y que casi no se inmuta por nada, estoy empezando a vislumbrar de nuevo en las compañías una necesidad de volver a identificar sus valores, de vivir su día a día en base a ellos, de generar una verdadera cultura que impregne a toda su masa social y que permita que todos se muevan al unísono para alcanzar sus objetivos, que en muchos casos es la supervivencia. Y lo más agradable (llevo 3 grandes proyectos de formación en valores en lo que va de año) es que las compañías lo hacen convencidas de lo que quieren hacer y siendo plenamente conscientes del tremendo poder destructivo que se genera cuando perfilas unos valores corporativos y luego no son  consecuentes con sus actos del día a día.

A veces pienso, que no hay nada como una buena caída o perder algo muy valioso para volver a apreciarlo. Y quizás, nos haya venido bien estos años de recesión, penurias, malas artes y pérdida constante, para volver a poner en valor algunas cosas que nunca dejaron de ser importantes, pero que las dejamos de lado por nuestra codicia, egoísmo o por nuestra propia condición de seres humanos.