Una cebra se haya comiendo hierba en medio de la sabana y de repente una ráfaga de aire le permite sentir la proximidad de una leona, dispuesta a que sirva de alimento para ella y toda su familia. En ese mismo momento, el hemisferio izquierdo de la cebra, activa el centro del miedo (situado en una zona del cerebro llamada la amígdala o núcleos amigdalinos), la cual da órdenes a una bomba de hormonas situada a la altura de nuestra nuca, llamada el hipotálamo, para que segregue a toda velocidad una serie de sustancias que le serán fundamentales para salvar la vida.

Su sangre se llena de Adrenalina, Cortisol, Noradrenalina y otras sustancias. Se aumenta el ritmo cardíaco, la tensión arterial y el cerebro manda paralizar todos aquellos sistemas que funcionan a largo plazo: Se deja de segregar hormona del crecimiento, se paraliza el sistema reproductor, el sistema inmunitario baja su actividad, el sistema digestivo se para y todo el cuerpo de la cebra, se centra en generar energía a corto plazo, para poder alcanzar la mayor velocidad posible y poder huir de la leona. Lo verdaderamente curioso es que, la cebra, es capaz de correr, correr y correr, y detenerse a comer hierba de nuevo, en cuanto deja de ver a la leona y todo vuelve a su sitio. Es decir, es un sistema que solo se activa ante la presencia del peligro.

Igualito que nosotros, ¿Verdad? Si nos persiguieran dos cacos a las 2:00 de la mañana y conseguimos darles esquinazo, gracias en parte a los mismos cambios en nuestro cuerpo que los sufridos por la cebra, ¿Nos detendríamos tranquilamente a ver los zapatos que nos encantan en un escaparate? Seguro que no, continuaríamos en nuestro estado de ansiedad, pensando…………. “¿Habré conseguido darles esquinazo o me estarán esperando en la siguiente esquina? ¿Y si saben donde vivo? ¿Y si me vuelvo a cruzar con ellos?” Aspectos que harán que cada vez estemos más nerviosos, estresados y con el cuerpo más activado, aún cuando el peligro no está delante y nos es seguro que llegue a producirse.

Y si os cuento que ese mismo sistema, también lo ponemos en marcha antes de hacer un examen, antes de comenzar a hablar en público, en la cola del Dragón Khan de Port Aventura, cuando acudimos al despacho de nuestro jefe que nos ha llamado con un tono de pocos amigos o cuando vamos a resolver un conflicto con una persona cercana a nosotros. Igual que la cebra es capaz de activar dicho sistema ante peligros reales, lo cierto es que a nuestro alrededor cada vez existen menos y hemos enseñado a nuestro cerebro a identificar como riesgos vitales, algunas situaciones sociales. Como el centro del miedo no discrimina entre si la situación es muy nociva para nosotros o lo es solo potencialmente, se activa ante cualquier mínimo riesgo, puesto que no puede calibrarse y sólo tiene 2 posiciones: On – Off.

La gran diferencia entre los humanos y los animales es que nosotros somos capaces de autogenerarnos estados de ansiedad con eventos que todavía no han ocurrido y que posiblemente nunca ocurrirán, lo que hace que llevemos nuestro cuerpo totalmente revolucionado en muchas ocasiones, cuando no es necesario: “¿Qué pasará si me quedo sin trabajo? ¿Y si pierdo a algún familiar querido? ¿Y si este mes tampoco vendo nada?” y lo que es más preocupante, la cascada de problemas que para nuestro organismo que esta manera de pensar supone: problemas digestivos, bajada de nuestras defensas, problemas de memoria y otros disfuncionamientos mentales, etc.

Quizás por eso no sea de extrañar, que algunas de las enfermedades que ocupan las primeras posiciones en el ranking de afectación a la raza humana, sean enfermedades psicológicas: Trastornos de Ansiedad, Depresión y sobre todo el Estrés que nos va debilitando poco a poco y que afecta a nuestras defensas (sistema inmunológico).  En el año 1900, la esperanza de vida era de 35,3 años y hace apenas 60 años estas enfermedades no ocupaban el “Top Ten” de afectación al ser humano.

¿Qué está pasando? Cuándo resolvemos unos problemas o no tenemos… ¿Nos generamos otros? Hemos multiplicado las situaciones estresantes en nuestro día a día en los últimos años y todo esto, en la mayoría de los casos, lo generamos nosotros mismos.

Yo por si acaso, voy a seguir el ejemplo de la cebra y solo voy a preocuparme (y movilizar todos mis recursos de inmediato) cuando tenga el problema delante.

Y tú, ¿Qué vas a hacer?