Esta semana, mientras impartía un seminario sobre trabajo en equipo para el colectivo de directivos de una gran compañía española, surgió en una de las ruedas de opinión un comentario que me hizo reflexionar bastante y que generó un debate tremendamente interesante cuando analizábamos el estado emocional de sus equipos y como condicionaba esto su rendimiento.

La insatisfacción de los miembros de un equipo, es una de las principales consecuencias del desajuste del mismo. Sus componentes se dan cuenta de que sus expectativas, ya sean frente al resto del colectivo o hacia algún compañero puntual, no han sido satisfechas y entran en un estado de descontento que les impide canalizar toda su energía y predisposición hacia el objetivo del equipo. Hasta aquí no hemos descubierto nada, lo curioso viene cuando analizamos dicho concepto de insatisfacción y descubrimos que está tremendamente extendido en la mayoría de organizaciones que conocemos.

En casi todas ellas el número de “insatisfechos” suele ser superior (y con creces) al número de personas que se sienten plenas y encantadas en su puesto de trabajo, en las relaciones con otras personas y con la organización en general. Es más, si alguien se siente contento y feliz, lo vemos hasta raro, pensando que seguro que nos está mintiendo y que todo no puede ser de color de rosa.

¿No nos estaremos acostumbrando a ese estado e incluso lo vemos como algo normal?

Se está produciendo una especie de indefensión aprendida en las compañías que provoca que las personas sean capaces de soportar y de convivir con esa insatisfacción, terminando por verlo como algo cotidiano y consecuente.

Desde mi punto de vista, es “anormal” que una persona no disfrute en su trabajo. Es insano y tremendamente perjudicial para uno mismo a medio y largo plazo. Nuestra tendencia tendría que encaminarse a identificar el foco causante de ese desajuste y movilizar nuestros recursos para intentar que las cosas cambien. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, este suele ser el principal problema, somos capaces de identificar el evento o persona que está causando dicha insatisfacción pero no realizamos nada para que las cosas cambien.

Nos acostumbramos a esas sensaciones, a esas molestias y como pensamos que nuestra integridad (física o mental) no corre peligro, aceptamos convivir con esas emociones alimentando creencias del tipo “en el trabajo no se puede disfrutar”, “no existe el trabajo perfecto”, “no puedo hacer nada para que las cosas cambien”, “a veces tienes que aguantar cosas que no te gustan”.

Pienso que las organizaciones, como cualquier otro colectivo de personas (familia, amigos, etc) ofrecen todo lo necesario para que las personas puedan desarrollarse, crecer y ser felices, pero lastimosamente, en la mayoría de las ocasiones somos las personas las que no sabemos crear los escenarios adecuados para que esto se produzca.