Después de mis primeras sesiones formativas post-vacacionales, hay una idea que me ronda la cabeza y que me gustaría compartir contigo. Y es el hecho de, lo fácil resulta a día de hoy acceder a la información, a los últimos conocimientos, a consejos valiosos que provienen de buenos profesionales… sin embargo, que difícil resulta aplicar al menos un tercio (33%) de todo lo aprendido.

Observando a la gente que me rodea y con la que interactúo habitualmente, compañeros, amigos, alumnos, me doy cuenta de la importancia que tiene para ellos la formación, el reciclaje de ideas-conocimientos y el esfuerzo que realizan por acceder a ellos, no obstante, que poco se aplica luego de todo lo aprendido.

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Los que nos dedicamos a la formación, cada vez hacemos los cursos más estructurados, más orientados a la acción y a la aplicación práctica. La mayoría del tiempo enfocamos nuestros mensajes en buenas prácticas que otros han puesto en marcha en entornos similares y huimos del abuso de teorías. Utilizamos planes de acción más sencillos para poder implementar los aprendizajes y creamos sesiones de evaluación de la transferencia al puesto de trabajo para promover que los alumnos apliquen todo el conocimiento que se genera en el aula. Incluso en ocasiones, tiro mano del  “efecto endocrino” e informo a los alumnos que en la siguiente sesión les preguntaré sobre aquellos aspectos que han aplicado y el resultado que han obtenido (cómo cuando sabes que en tu siguiente visita al endocrino, te va a volver a pesar y te reñirá si no has perdido peso), sin embargo, las personas seguimos aplicando una mínima parte de todo lo que sabemos y aprendemos.

Varias son las causas que identifico como causantes de este efecto. La primera, la inherente resistencia al cambio que hace que las personas prefiramos convivir con situaciones o características que no nos agradan antes que cambiar, incluso aunque los resultados no sean los adecuados. La segunda se centra en la imposibilidad de romper ciertas inercias o hábitos negativos, ya que en muchas ocasiones queremos cambiar alguna conducta, pero la inercia del día a día hace que no nos acordemos o que prevalezca algún viejo hábito opuesto. Y la tercera, y para mí más importante, es el miedo. Si, sí, con todas sus letras: MIEDO. Esa emoción que nos bloquea, nos limita y que nos muestra todo un abanico de situaciones que pueden salir mal y nos recuerda, todas las cosas que podemos perder por el camino si no acertamos en nuestra ejecución. Conozco a muchas personas que a día de hoy, son totalmente capaces de desarrollar algún trabajo o alguna conducta determinada, porque ya tienen toda la información y formación necesaria, sin embargo, algo dentro de ellos mismos les genera dudas y les hace pensar que necesitan continuar formándose para completar su perfil y entonces poder ponerse a ejecutar. Su inseguridad les lleva a querer estar formados en alguna materia al 100% para poder ejecutar y eso es totalmente imposible. Y además, nos lleva a un inmovilismo totalmente pernicioso y que nos conduce al desánimo.
Miedo a poner en práctica lo aprendido

Creo que es importante que miremos a nuestro alrededor, que analicemos lo que exacta y objetivamente que necesitamos para poder hacer o modificar algo y luego, vayamos a por ello. Porque sin duda, en la mayoría de las situaciones la clave no se encuentra en aprender más, sino en aplicar parte de lo que se sabe.  En ocasiones, el aprendizaje continuo es un buen lugar donde se refugian las personas inseguras, las que han sido vencidas por su propio miedo, las que no se atreven a dar el paso. Para ellos, ese nuevo curso del que me acabo de enterar, es la coartada perfecta para pensar que aún no estoy preparado y que no puedo dar el paso todavía.

Casi siempre, es mejor un movimiento real, que cincuenta movimientos imaginados con nuestra mente. Así que, ¡¡¡A por ello!!!