Imagina que este Domingo las calles de tu ciudad se inundan de corredores ávidos por  superarse a sí mismos y ponerse a prueba corriendo un maratón. Estás cerca de la llegada y contemplas la cascada de emociones, risas e incluso lágrimas de alegría que embargan a cada corredor y a sus seres queridos en la grada cuando enfilan la recta de meta. Te contagias de todas esas emociones y decides que el año que viene tú también quieres sentir eso, hacérselo sentir a los tuyos e ilusionarte con un reto alcanzable, aunque tremendamente exigente.

Comienzas a planificar la afrenta, no olvidas ningún detalle y arrancas con tu plan de entrenamientos. Eres disciplinado, superas las agotadoras sesiones del caluroso verano y te armas de energía en las gélidas mañanas de Invierno y al final, un poco justo, pero consigues completar tu plan. El día previo decides afrontar la carrera con ilusión, aunque tienes bastantes miedos y dudas pues, tú nunca has estado más de 4 horas corriendo seguido y lo máximo que has completado son 30 kilómetros, 12 menos que la carrera que vas a afrontar.

La mañana ha ido perfecta, descansaste bien anoche, has completado tu rutina al despertar perfectamente, has comenzado bien la carrera y cuando te quieres dar cuenta, ya llevas 3 horas y media corriendo. El gran pelotón con el que has corrido durante las últimas 2 horas se ha desgranado y te encuentras relativamente solo para afrontar la parte final de la carrera. Te duelen las piernas y el agotamiento comienza a apoderarse de ti y un sinfín de pensamientos inundan tu mente a cada zancada. En ese mismo momento, a lo lejos, comienzas a observar como te vas acercando a un cartel de grandes dimensiones colocado en el suelo. Al pasar por su lado lo miras fijamente: 38KM y piensas……

Llegados a este punto, hay dos alternativas posibles, dos caminos que tu mente puede tomar y que, sin duda, van a condicionar lo que pase a partir de ese momento. Y además, se mostrará mucho más predispuesta a seguir uno u otro en función de tus creencias que tengas sobre ti mismo, la vida y tu manera de percibirla.

Un tipo de persona, el corredor A pensará al ver el cartel: “¡¡¡ Dios !!! Todavía me quedan casi 5 kilómetros, eso es más de media hora más de carrera, con lo que me duelen las piernas y lo justito que voy de fuerzas, no sé si voy a poder llegar”. ¿Cómo crees que vivirá la experiencia de esos últimos kilómetros ese corredor? ¿Qué probabilidades hay de que termine la carrera? Posiblemente las dudas inundarán con más fuerza que nunca su cabeza, la palabra “abandono” comenzará a escucharse en su diálogo interno cada vez más a menudo y su mente poco a poco tendrá en cuenta cada vez más esa opción.

El corredor B pensará: “Lo que estoy haciendo es muy grande, ya llevo 38 kilómetros. Si he sido capaz de llegar hasta aquí, nada va a impedir que llegue hasta la meta”. En ese momento, se le comienza a poner de punta el bello de los brazos, una sonrisa aparece en su cada vez más demacrado rostro e incluso comienza a fijarse en las personas que le aplauden y vitorean desde el lateral de la carretera. ¿Cómo será su experiencia de esos últimos 5 kilómetros?

Estoy convencido de que a ambos corredores les dolerán del mismo modo las piernas, sus depósitos de energía se encontrarán igual de vacíos e incluso, ambos tienen ahora mismo la misma probabilidad de que su organismo diga basta y les aparte de su objetivo, sin embargo, pienso sinceramente que vivirán de una manera muy distinta el final de la carrera. El hecho de poner el foco de su atención, en lo que tienen o en lo que les falta, hará que se generen una serie de pensamientos que combinados con su situación actual (estado físico, oportunidades, riesgos, etc) incrementarán o reducirán sus oportunidades de éxito. ¿Nos suena de algo?

Me he cruzado en estos últimos años con un muchas personas que objetivamente, tienen muchos motivos para sentirse satisfechos y felices, y sin embargo, siempre están quejándose de cosas (aparentemente triviales) que no salen como ellos quieren y que les generan una enorme insatisfacción. Cuando hablas con ellos, te das cuenta de que no disfrutan de las cosas positivas que existen en sus vidas: la salud, su familia, sus amigos, sus propias habilidades, sus pertenencias materiales, etc. Nos desenvolvemos en una sociedad que valora mucho las pertenencias tangibles y que nos hace correr una carrera que nunca ganaremos, porque nos invita a compararnos con nuestro entorno: Nunca llegaremos a tenerlo todo, nunca seremos el que más dinero tiene o el que mejor casa tiene, siempre habrá alguien en mejor forma física que nosotros o alguien que tendrá más conocimientos o habilidades sobre algo que nosotros, etc.

Por qué no empezamos a fijarnos más en todo lo que tenemos y comenzamos a ponerlo en valor, desde ahí, será mucho más sencillo construir y seguir creciendo, si es lo que deseamos. La mejor persona con la que nos podemos comparar es con nosotros mismos, así conseguiremos vivir nuestra vida de una manera muy diferente desde el agradecimiento, la tranquilidad y la alegría, mucho mejor que hacerlo desde la comparación y la escasez.

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No es conformismo, es higiene mental y pienso que se puede ser ambicioso, ponerse retos y superarlos igualmente, estando orgullosos de nosotros mismos y de lo que tenemos, en vez de afrontarlos desde la angustia que nos produce, el necesitar alcanzar el siguiente escalón para, supuestamente, ser felices y cuando lo alcanzamos, nos damos cuenta de que estamos más o menos igual que antes…

Y tú, ¿Dónde vas a poner el foco de tu atención, en lo que tienes o en lo que te falta?