Hace unos días, mientras impartía una acción formativa sobre liderazgo y gestión de personas, uno de mis alumnos me preguntó en un momento de la sesión, en que consistía exactamente el coaching. Por no extenderme demasiado le dije que consistía en ayudar a una persona a conseguir aquellas cosas que se propone, haciéndole descubrir aquellas creencias que le están limitando o frenando para la consecución de sus objetivos y sustituyéndolas por otras más adaptativas y beneficiosas para él.

A continuación expliqué brevemente como funciona el sistema de creencias en los seres humanos y lo difíciles que son en ocasiones de cambiar, debido a que no las cuestionamos y las tratamos como verdades universales. “¿Y cuáles son las creencias más difíciles de cambiar?” continuó preguntando el ávido alumno y aquí fue donde les hablé de las dos creencias más complicadas de cambiar en una persona (al menos desde mi experiencia de más de 500 horas de coaching realizadas).

Desde mi punto de vista, una de las creencias más complicadas de modificar es el tremendo “Yo soy así”. Cuando una persona te contesta con esta lapidaria frase, no contempla que pueda cambiar, no percibe que pueda comportarse de otra manera si le place, por lo que, obviamente dicha creencia le mantendrá anclado en su zona de confort pensando que otra realidad no es posible. Es una frase que nos limita, aunque hace sentir relativamente bien a quien la utiliza (al menos a corto plazo) porque sirve de bálsamo para justificar alguna acción que no termina de agradar del todo a la persona.

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La segunda todavía me enerva mucho más (quizás porque tengo una creencia diferente al respecto) y es que, cuando alguien identifica alguna cosa que debería estar haciendo y a continuación lo mezcla con un “pero no puedo”, saltan todas las alarmas en mi cabeza y todos mis sentidos se alinean para intentar que mi cliente se de cuenta de la falsedad de dicha afirmación. A este mismo efecto me refería en otra de mis entradas, «El síndrome del Porsche Cayenne».

¿Y como lo haces? Me preguntó finalmente mi alumno. Básicamente tengo dos estrategias que me funcionan muy bien para ayudar a las personas a que se den cuenta de lo desadaptativa que es dicha creencia. En la primera, le invito a la persona a que busque situaciones donde ella haya conseguido algo parecido. Si la persona me dice que es incapaz de madrugar, le pido que me indique en que otras situaciones ha sido capaz de madrugar o en qué otras épocas y luego desgranaremos las variables de dicha situación para poder utilizarlas en un futuro.

La otra consiste en identificar a personas que según mi cliente se asemejen bastante a ella y que si hayan conseguido aquello que este se propone, para ejercer una comparación entre ambas y generar una creencia mucho más adaptativa e higiénica como es la de “Si otro puede, yo también puedo”.

¿Y al final todas las personas lo consiguen? Pues no, porque hay muchas que cuando ponen encima de la mesa, todo lo que tienen que realizar para conseguir aquello que desean, toman conciencia de que igual no están dispuestas a realizar semejante esfuerzo y desisten. Algo que me parece muy saludable porque consiste en cambiar un “No puedo” por un “ No quiero” y cada uno en su vida, decide lo que quiere…